La sirena y luces de la ambulancia rompían rápidamente con la tranquilidad y el silencio de la madrugada, dentro de ella, Alejandra no sabía si preocuparse por el alboroto que despertó a sus vecinos o por el episodio que minutos antes la había sacado de manera intempestiva de la cama.

Ella, emprendedora maravillosa, líder, inteligente, conversadora, alegre y de energía bonita, de esas que contagian a cualquiera, meses atrás empezó a convivir tímidamente con un desgaste emocional y físico que fue en aumento, y poco a poco, empezó a entrar en su vida profesional y personal.

Constantes y cortos plazos que cumplir, negociaciones con clientes y colegas buscando siempre ganar tiempo, reuniones repetitivas en días interminables y horarios ridículos, un flujo imparable de tareas, correos electrónicos y mensajes de texto que necesitaban una respuesta inmediata, esto y más junto a la tendencia a decirle “sí” a lo que surgiera, incluso a temas que no contaban como su responsabilidad, eran su realidad a lo largo de cada día.

Ese jueves dándose ánimo y con actitud, Alejandra se levantó temprano, pero el agotamiento fue ganando terreno, su concentración era pobre, el día comenzó a llenarse de pequeños errores y le costaba tomar decisiones que normalmente le resultaban sencillas; su sensibilidad y paciencia se agotaron hasta con ella misma llegando al punto de discutir acaloradamente y sin razón alguna con sus compañeros y algunos clientes.

Con el pasar de las horas la ansiedad y la migraña lograron minimizarla, aun sabiéndose excelente profesional, se sintió pesimista, triste y no realizada… esta mezcla de sentimientos y situaciones la llevaron a literalmente huir y refugiarse al final de la tarde en su apartamento para ganar un poco de calma. La noche avanzó con preocupación pero sin mayores novedades junto a su pareja.

Finalmente, de golpe y sin aviso, en cama sintió una fuerte presión en su pecho y se dio cuenta que su cuerpo había llegado al límite; la llamada al número de emergencias no se hizo esperar y por primera vez, ante los ojos aterrados de su esposo, Alejandra entendió que este no debía ser el precio a pagar por el éxito y el reconocimiento.

Bien dicen “Donde pones tu atención, pones tu energía”

El cuerpo no miente, cuando banalizamos o ignoramos sus mensajes a cambio de poner el foco en nuestro trabajo y tareas, estamos real y literalmente ignorándonos y dejándonos a un lado a nosotros mismos.

La creencia arraigada de que “para crecer y proyectarse como profesional debemos reventarnos” o despersonalizarnos y ponernos la camiseta hasta dejar la sangre en el campo, me ha permitido entender que es el cuento más barato que nos podemos creer y el que definitivamente nos puede llevar al burnout sin darnos cuenta.

Sin salud mental, no hay salud física, es un hecho.

Esta situación no discrimina, la vamos a vivir en cualquier entorno y nivel en donde decidamos darle prioridad a la vida externa y no a la interna, en situaciones en donde creamos que para llegar de primero debemos ponernos de último, en relaciones en dónde por dar más nos volvemos menos, en empleos en donde cedemos terreno en el respeto y en la vida privada a cambio de un salario, en tareas que nos mecanizan absorbiéndonos a cambio de sacrificar  nuestra esencia y felicidad; allí es en donde el burnout tiene su mejor caldo de cultivo.

¿Cuántas rondas de lo mismo podemos aguantar? Vale aclarar que las estamos pagando nosotros y bien caras…

Cuando aceptamos que nuestra capacidad tiene un límite no quiere decir que nos hacemos débiles o que somos menos, simplemente estamos aprendiendo que se vale levantar la mano para pedir apoyo en el momento que lo necesitemos; la vulnerabilidad también es un súper poder, es un acto de humildad, reconocimiento y aceptación que nos permite vernos con otros ojos para seguir creciendo con mayor seguridad y fuerza.

Cambiar, transformarnos para vivir mejor, es una decisión, un acto individual e íntimo de conciencia y reconocimiento; todos somos diferentes por lo tanto sentimos y vivimos en proporción. Hagamos un alto, tomemos conciencia de nuestra salud mental y revisemos hacia dónde estamos dirigiendo nuestra atención y energía, solo así sabremos si estamos recorriendo el camino correcto o si debemos tomar acciones para corregirlo.

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